Cuentos De Verónica Sukaczer

Doscientas Cincuenta Palabras

Me pidieron un cuento de 250 palabras. No es mucho. La palabra está devaluada. En el caso de una novela se hace precio por mayor. Pero en los cuentos cortísimos a uno no le queda más remedio que contabilizar hasta las comas. De eso vivo. Con 250 palabras te alcanza para medio kilo de picada y una ensalada.
Por eso a mí me obsesiona el número de palabras. Si me encargan 250 no puedo gastar ni una más, porque después termino pagándolas yo. Ni un adverbio terminado en mente, que en general son los que se usan para los vueltos cuando no queda efectivo. Yo no los acepto. A mí que me den un vale, pero que no me llenen la libreta con efectivamente o románticamente que no voy a usar en mi puta vida.
Ahora con la computadora contar las palabras es otra cosa. Antes, con la Olivetti, las contaba cada renglón, como una poseída. Contaba y anotaba. Y enseguida volvía a escribir, contar y sumar. El resultado nunca coincidía con el texto final, no sé por qué. Hay palabras que se te extravían por el camino. Que se te van. Si vos no atrapás la palabra indicada en el momento justo, perdiste. Son traicioneras las palabras. Se quedan agazapadas a tu alrededor, burlándose sin disimulo. Y el cuento se te va a la mierda. Eso pasa. Por eso, si a mí me piden un cuento de 250 palabras, les doy eso y ni una más. No como cuando

Una Pequeña Historia De Vida

El hombre era el dueño de un bazar que antes había sido de su padre y antes de su abuelo. Vendía, como cualquier bazar, vajilla, vasos, utensilios, ollas para cocinar, fuentes. Su clientela estaba formada, en gran parte, por amas de casa, parejas de novios, dueños de restaurantes, hombres solteros, cocineras y cocineros.
Al hombre no le gustaba su trabajo. De chico había soñado con que sería navegante solitario. Viviría de la pesca, pasaría los días trenzando redes o estudiando la brújula. Al hombre no le gustaba la gente. Pero un día su padre lo puso al frente del negocio familiar. Al padre no le gustaba el pescado.
Ya mayor, y obligado por una nueva ordenanza para comercios, el hombre mandó a imprimir un cartel que colocó sobre el mostrador. Lo acomodó entre un cenicero y un jarrón con flores secas, y se olvidó de él.
Desde ese día las amas de casa, los dueños de restaurantes, los hombres solteros, las cocineros y los cocineros dejaron de comprar en ese bazar. Entraban, sí, se acercaban al mostrador, pero enseguida daban media vuelta y salían.
El hombre pronto quebró.
El día que estaba empacando las pocas cosas que le quedaban, el hombre leyó el cartel por primera vez, y no pudo recordar si ese era el texto que él había pedido:
“Su opinión no nos interesa”
Vaya, se dijo el hombre, con la honestidad uno no llega nunca a ningún lado.

Verónica Sukaczer
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Publicado en: Cuentos y Relatos Graciosos

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